Que puede ser mas desconcertante que esa sensacion de profunda soledad que nos invade justo cuando estamos rodeados de personas? Puede ocurrir en el metro, en la hora pico, donde literalmente quedamos presos entre hombros, morrales, espaldas y las miradas angustiadas de quienes temen llegar tarde a sus trabajos. O quiza en la fila de alguna caja, o mientras nos agolpamos esperando el cambio de un semaforo. Es en esta ironica soledad de la ciudad superpoblada, del desierto humano, donde las rocas son los rostros de los otros, en donde, al igual que un ermitano, nos hacemos preguntas sobre la vida, la vejez, el amor, la amistad, el tiempo... y al igual que las tormentas de arena le susurran respuestas al ermitano de antano, las tormentas de bocinas, pasos apresurados y luces fluorescentes tambien tienen historias para contar.